Chamizzo Country Band, y una coreografía inmediata
Álamos.- Suenan las notas al partirse el día. Puntuales los músicos para iniciar el camino hacia el objetivo: conmover con sus cantos.
La Alameda es una plaza que funge como punto de reunión para los alamenses y quienes visitan esta ciudad colonia, patrimonio histórico de la humanidad.
Chamizzo Country Band es originario de Hermosillo, Sonora, y es el grupo que ameniza. De a poco vallas humanas se forman en torno al escenario, y de a poco también para invadir el centro del mismo.
Festival Cultural Alfonso Ortiz Tirado es el marco que convoca. Y al son de guitarras, acordeón, batería y violín, desde la alameda y hacia el mercado municipal, hacia el umbral de la ciudad, viejos recuerdos traen a cuento los integrantes del grupo: música de Kenny Rogers, Johny Cash, Creedence, incluido en el repertorio canciones desde la autoría de Chamizzo.
Dice Jorge Martín Johnson, guitarrista y vocalista del grupo, que los artistas viven del aplauso, y descubrirá al final del concierto, que tal vez esa tarde se indigeste de vida.
Al son de las notas, al fluir las rolas, la alameda será insuficiente, porque no ha falta el grupo de norteamericanos que reconocen en el repertorio a sus compatriotas también músicos, y por eso se instalan en el corazón de la alameda, y por eso bailan sacudidos del prejuicio, y es entonces que secundan a las damas vestidas todas de camisas a cuadro, pantalón de mezclilla, botas, sombrero y con el pelo suelto.
Y cada vez son más, porque también son más las canciones, y al calor del sol la música también será un buen pretexto para lograr lo que el ser humano necesita: ritmo, baile, alegría para tocar la felicidad.
Brinca el chavalo vestido de negro, con sombrero negro, con aretes incluso en las cejas, los labios. Y sostiene en su manos la alegría que le da la bebida como un plus, y brinca más ya contagiado del grupo que cada vez sube a más.
Los bailadores simpatizan y coinciden, forman una rueda, después un cuadro, y sólo basta mover el cuerpo y asentir con la mirada para juntos celebrar la coincidencia sobre la misma necesidad: bailar.
Sin darse cuenta, sin darnos cuenta, el implacable transcurrir del tiempo, y si es en armonía más fugaces aún los minutos, la voz del vocalista para anunciar el final, no sin antes invocar al grupo Caballo dorado, y ante Payaso de rodeo, todos y cada uno de los bailadores armar la coreografía perfecta, en el trazo perfecto que es el concreto, y no sobra espacio, ni falta integrante, la coreografía es exacta.
Al final del concierto los integrantes de Chamizzo Country Band saben que el objetivo se cumplió.
Origen del grupo
Jesús Martín Johnson, vocalista de Chamizzo, comparte, ya detrás del escenario, un recuento de los por qué de la elección del género, y la elección del nombre para el grupo:
“Chamizzo es una planta semidesértica que en su parte adulta se suelta de la tierra y empieza a rodar y al verla sobre la carretera se atraviesan esas bolas, nosotros cuando empezábamos decíamos: ¿Cómo le ponemos al grupo?, pues no le hallábamos hasta que alguien dijo, por qué no nos llamamos chamizos, de donde quiera nos corren, porque de todas partes nos corrían cuando estábamos ensayando, y de ahí salió Chamizzo Country Band nomás para decir cuál es el género que estamos tocando, y así se nos quedó.
“A nosotros nos unió el gusto por el género country. Este género se proyecta más en Chihuahua, en el norte, y nosotros dijimos por qué no empezar a hacer country en Sonora, ya había algunas bandas que lo habían intentado, y nosotros decidimos sumarnos, entrarle, y lo empezamos a hacer por gusto de nosotros, era un hobby y le apostamos por este género, no tanto por vender o por tratar de llegar a los grandes escenarios, nada de eso, todo lo que se le ha dado a Chamizzo, se le ha dado porque Dios ha sido muy generoso, y ya hemos recorrido Chihuahua, hemos estado en los festivales de country grandes, jamás soñábamos llegar a este Festival de Álamos y aquí estamos, y parece que a la gente le gustó.
“Estamos felices porque (en este concierto) la respuesta de la gente, pues la gente se prendió y era un reto porque nos habían dicho que a esta hora (medio día), difícilmente se podría prender la raza, más que todo sería espectando, viendo, más bien, y más nuestro género que no es tan popular, pero nos dimos cuenta que la raza se prendió y bendito Dios estamos muy contentos”.
(En el cierre se armó una coreografía, improvisada, y todos bailaron Payaso de rodeo, cuando la emoción fluye la gente se organiza.)
“Como te digo, nosotros sentimos esa aceptación de la gente, y créelo que allá arriba se te pone la piel de gallina y sabes que lograste ese puente entre los artistas, los que están arriba del escenario y los que están allá abajo, sentimos que se hizo ese puente, lo aprovechamos y nos dejamos querer, estamos muy contentos”.
Los integrantes
Jesús Martín Johnson, guitarra acústica y vocalista; Gildardo Gil, director musical y en los teclados; Cacho Anduaga en el bajo; Ángel Tarazón en la batería; Rodolfo García en la guitarra eléctrica; Jorge blanco en la guitarra; Mario Gracia en el violín.
Noche de gala: concierto de ensueño
A Luis lo trajeron de la mano, recorriendo un camino de adoquines y palmeras. Le dijeron las personas grandes, que irían a escuchar música, que sería un concierto de gala, que sólo una vez al año ocurren estas cosas, en esta ciudad.
Al caer la tarde, y ya dentro de Palacio Municipal de Álamos, Sonora, Luis se miro a sí mismo al costado de un pilar, en derredor de mucha gente, de muchos instrumentos, de muchos músicos. Luis abrió más sus oídos, sus ojos ya no podían estar más abiertos. Luis se sumergió entonces, en un sueño, despierto.
Se volcaron las imágenes, los sonidos, un violín emitió notas magistrales y entonces una voz también estalló en el cielo. Dijeron antes los presentadores del programa, que el cantante, Carlos Almaguer, es un barítono, y quien esa noche recibía la medalla Alfonso Ortiz Tirado.
Dijo a su vez Almaguer, que siempre ha admirado al doctor Ortiz Tirado. Después los sonidos instrumentales, los sonidos de las voces. Luis para continuar inmerso en su sueño, despierto.
En el sueño para sentir, se sumergió en un camino de luces y sombras, las texturas inducidas por el sonido. Un gorrioncillo de mañana fue para él la voz también excelsa de Eglise Gutiérrez, y la miró trepar en los árboles mientras cantaba. Intentó, hasta lograrlo, besarle las manos como lo hicieron Enrique Patrón de Rueda, el director de la Orquesta Filarmónica de Sonora y el barítono Almaguer.
Supo Luis mientras la emoción, el sentimiento, la capacidad de convocatoria que tuvo este concierto, y pudo ver el tumulto, las muchas miradas, la gratitud constante en aplausos.
Se miró en un momento dentro de la orquesta, fue un integrante más, pudo tomar el arco, sentir las cuerdas, dar un golpe a los timbales, cantar incluso al lado del barítono, la soprano.
Porque eso es la música, le explicaba una de las personas grandes, mientras daba inicio la siguiente pieza, y Luis señalaba con su dedo índice hacia el escenario, allá donde las luces le formaban una atmósfera similitud del cielo.
Al permanecer con los oídos abiertos, Luis miró también la emoción en el rostro de cada uno de los músicos, y en un ejercicio improvisado, por el pasillo lateral izquierdo de Palacio, se acercó a la orquesta, como para sentir más de cerca, para intentar tocar el volumen de los instrumentos. Una persona grande lo tomó de la mano, le evitó su intención, más no pudo despertarlo de su sueño, despierto. Luis continuó allí.
Se volcaron de pronto unas palomas blancas, se le estrellaron en el pecho, sutilmente, dulcemente, fueron cayendo como dardos de miel las notas desde la voz del barítono, y de pronto la fermata de la orquesta para extremar los sentido de Luis.
Por eso también las manos diminutas para golpear con fruición, y resistirse a ponerse de pie advirtiendo en esa acción la cercanía del final, y le explicó una de las personas grandes que ponerse de pie es agradecer, y así lo hizo junto a los demás, sin dejar de aplaudir.
De pronto un silencio para despertar del sueño, despierto. El rio de pasos también formando música hacia el exterior de Palacio. Luis de la mano de una de las personas grandes, para reencontrarse con las calles de adoquines.
Supo entonces, con claridad, ya ante las demasiadas voces, que lo vivido con sus oídos abiertos, en el sueño, despierto, fue un concierto de gala, en el marco del Festival Alfonso Ortiz Tirado, en su vigésima octava edición.
Luis, al halar de la camisa a esa persona grande que lo acompaña, le cuestiona: ¿Cuánto tiempo falta para venir otra vez?
carlossanchez@elzancudo.net
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